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Estados Unidos, que se enorgullece de su sistema democrático, investiga si existió injerencia extranjera en la elección presidencial que recién concluyó. Sin embargo, no señaló que cambiará los resultados electorales que declararon a Donald Trump presidente de Estados Unidos. Por su parte, el poder legislativo analiza crear un comité que investigue si el Gobierno de Rusia operó para favorecer a quien hoy es el presidente electo.

A pesar de tener un sistema democrático que otros países toman como ejemplo, de 2000 a 2016, Estados Unidos ha demostrado que la forma de elegir a su presidente no es la idónea. Basta recordar lo ocurrido en 2000: el vicepresidente Al Gore (demócrata) compitió contra el gobernador de Texas George W. Bush (republicano) y dos errores del sistema (en mi opinión) debieron haberse corregido para dar mayor certidumbre: Al Gore recibió la mayor cantidad de votos de la población pero George W. Bush ganó la elección por tener el mayor número de votos en el colegio electoral y, en aras de que cada estado tenga total independencia para realizar el proceso electoral, se permite que sus habitantes voten por computadora, correo, con una boleta, entre otros (sistema que causó confusión para algunos votantes). 16 años después, no hay una ley que homologue criterios de votación o analice si el sistema de colegio electoral aún es viable.

En 2016, es evidente que: el voto de cada ciudadanos debe contar de manera individual no como una parte de la población de su estado, la forma para emitir el voto debe ser la misma en todo el país (la autonomía de cada estado debe existir en otros rubros pero no en temas que afectan a la totalidad de los norteamericanos) y deben existir mecanismos previamente establecidos que prohíban la injerencia extranjera en las elecciones. El Presidente Obama ya ordenó una investigación sobre la probable participación de Rusia en apoyo a Trump. Independientemente de la investigación, se debe crear un marco jurídico acorde a la realidad.