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El torneo mexicano terminó dejando una cauda de emociones, la más grande de ellas, la definición del descenso que esta vez recayó en el cuadro representativo del sureste, concretamente en el hermoso estado de Chiapas, que se ha quedado sin los Jaguares luego de 15 años de lucha, alegrías, sinsabores y la lenta muerte a la que fue sometido este majestuoso felino.

Corría el año de 1982 cuando acompañado de mi compadre Juan José Solórzano asistí a una reunión en Tuxtla Gutiérrez que marcaría mi vida hasta la fecha. En ella conocí a Javier López Moreno, secretario de educación y cultura, así como a su director jurídico, el licenciado Pablo Salazar Mendiguchía, personajes que con el correr del tiempo gobernarían el estado, aunque bajo diferentes circunstancias.

Me explicaron en una junta donde privó la risa y el buen humor que la secretaría era propietaria de un equipo de Tercera División llamado “Estudiantes de Chiapas” y estaban por inaugurar un estadio. Para tan especial ocasión querían, ¿por qué no, los angelitos?, traer a las poderosas Águilas del América.

Con esa encomienda bajo el brazo regresé a la capital de la república y lo comenté con mi amigo y colega Joaquín Urrea, posicionado como uno de los mejores jueces de aquellos días que además llevaba una estrecha amistad con Carlos Reinoso.

El Maestro dirigía al América, pero además, decidía donde podrían jugar y donde no. Con la recomendación de Joaquín hice venir a Pablo Salazar y nos juntamos a cenar con el divo chileno.

Aquello fue un aquelarre, pues Reinoso no le dirigía la palabra a Salazar, sino que me contestaba a mí, ignorándolo y castigándolo con el látigo de su desprecio. La cosa llegó a tanto que Pablo se levantó de la mesa y dijo en voz alta que no le permitía un desdén más al entrenador americanista, a lo que el estratega andino, sin voltearlo a ver, me dijo con voz pausada: “Arturito, decíle a tu amigo que no se ponga exquisito”.

Pues para no hacerle a usted el cuento largo, se firmó el contrato, América viajó al sureste, se constituyó en un parte aguas en el deporte para la entidad y de esa manera se declaró formalmente inaugurado el estadio Víctor M. Reyna.

Años más tarde, ya con mi hermano Pablo en la gubernatura, llegó el proyecto de Grupo Pegaso y con Jaguares se cristalizó la ilusión de tener en esa región de la patria, convulsionada entonces con la guerrilla, un equipo de Primera División.

Sin discutir ideologías ni pertinencia en las luchas, se logró que se dejara de hablar del subcomandante Marcos para charlar del más universal de los juegos: El futbol.

Por supuesto que hay culpables en esta extinción del Jaguar. Prefiero recordar lo lindo, pero junto a la afición chiapaneca, un rincón de mi corazón está… de luto.