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De un momento a otro, Ana Laura López quedó imposibilitada de ver a sus hijos y tuvo que dejar atrás un estilo de vida que había formado durante 16 años en Chicago. El 30 de septiembre de 2016 fue deportada con una penalidad de 20 años sin poder regresar a Estados Unidos, entonces su vida dio un giro y ahora reside en la Ciudad de México, con la esperanza de volver lo más pronto posible.

“No les dije inmediatamente a mis hijos. Fue un shock muy difícil, todo cambió, tuve que empezar de nuevo. Y cuando les informé, mi hijo me dijo que él me prestaba sus papeles… No entendía cómo funcionaban las cuestiones migratorias. Ha sido difícil tener que ser mamá a distancia”, expresa a Diario de México USA durante una entrevista.

La deportación de Ana Laura fue una acción atípica, fue mientras ella salía de Estados Unidos, con el objetivo de que las organizaciones para las cuales trabajaba la pidieran de regreso y entrara al país de una forma legal. “Fue una deportación más arbitraria de lo normal, no tengo un ticket de tránsito”, relata.

Tanto ella como sus dos hijos, de 14 y 15 años, tuvieron que asimilar un nuevo presente y un incierto futuro en el cual no pretenden reencontrarse en México dado que los pequeños temen a la inseguridad de un país que para ellos es completamente desconocido.

“Les digo que vengan a vivir acá conmigo y no quieren. Es triste porque les da miedo venir a este país que es la tierra de su madre pero por lo que ven en las noticias no quieren venir a vivir aquí”, lamenta Ana Laura López, quien añade que ahora su expareja y sus amigos en Chicago son quienes están al tanto de sus descendientes. Ana Laura López salió de un pueblo en Jalisco a los 24 años de edad. En suelo estadounidense estudió preparatoria, tomó cursos de derecho laboral, tuvo a sus hijos y tenía una vida hecha. Empezó a trabajar en una tienda de “segundas”, luego en una fábrica de dulces y fue organizadora comunitaria de apoyo a los migrantes antes de ser privada de ver a su familia.

Deportados se unieron en busca de soluciones

Al no poder regresar a Estados Unidos para reunirse con los suyos, Ana Laura López emprendió un proyecto llamado Deportados Unidos en la Lucha, gracias al cual hoy en día tiene un techo, se gana la vida junto con otros cuatro compañeros y además asesora legalmente a los deportados que llegan a la Ciudad de México.

“Al principio era sólo para no sentirnos solos ni deprimidos. Nos comenzamos a reunir desde el 16 de diciembre de 2016 afuera del museo Franz Mayer. Todos estamos separados de nuestros hijos que están en Estados Unidos”, comparte la paisana.

Comenzaron a vender dulces, para lo cual Ana Laura mandó a hacer unas playeras que ayudaran a la gente a identificarlos. Al explicarles que son seres humanos igual que ellos, con familia y que su único delito había sido cruzar la frontera de manera indocumentada y trabajar, los compradores se sensibilizaron e incluso les compraban las camisetas que llevaban puestas.

“Somos un grupo activista, apoyamos a las personas deportadas que llegan al aeropuerto. Los ayudamos a conseguir su acta de nacimiento, su CURP, los orientamos e incluso les damos albergue aquí en el taller a quienes no tienen vivienda”, explica.

Además, la agrupación inició un proyecto para hacerse de un taller y fundar la marca Deportados Brand.

“Un familiar de un compañero nos enseñó serigrafía, después metimos un proyecto a la Secretaría del Trabajo, de fomento al autoempleo, resultamos beneficiarios y nos prestaron equipo para hacer el taller por un año (se cumple en junio), si damos trabajo a cinco personas, que son las que conformamos Deportados Brand, seremos dueños del equipo”, dice como parte de un alivio que la mantiene con ánimo junto con Gustavo, Eleazar, Adán y Diego, quienes hacen esas prendas que se comercializan con más éxito en Estados Unidos gracias a la gente que se solidariza con ellos.